A quince minutos de haber llegado a Lagos

Surilere, le digo al taxista, un joven de pocas palabras de casi treinta años que porta la camisa verde de la selección nacional de fútbol. Viajamos en silencio, él cambiando de carril en cada aceleración, yo viendo cómo se va amontonando la ciudad de Lagos, todavía incrédulo de estar aquí, en el Gigante de África, Nigeria.

Es viernes por la noche, y el tráfico se mueve reflejando la desesperación de los conductores. Las intrépidas Okadas llevan dos o tres pasajeros, algunas cargan mujeres con niños envueltos al pecho, hombres con bolsas de plástico en las manos, balanceando la motocicleta con las piernas, con cuidado de no quemarse con el motor, agarrando las sandalias con las uñas de los pies. Una cacofonía de cláxones inunda el ambiente, la gente pasa rozando las puertas de los automóviles con las caderas, y los famosos triciclos motorizados, o Napeps, abriendo camino con el ruido del motor, aprovechando las oportunidades que se presenten para escabullirse entre pequeños espacios.

Mujeres envueltas en telas de colores radiantes caminan erguidas, cargando grandes canastas de plástico en la cabeza, vendiendo mangos, plátanos, cigarros y golosinas. Jóvenes de ojos alertas avanzan en la noche, caminando donde la tierra roja y el asfalto se juntan. Todos meditabundos entre luces amarillentas, adivinando lo que sigue en sus vidas, lo que falta de camino, las personas que los esperan, a los que dejaron atrás.

El taxista se desespera, gira a la derecha para darle vuelta al tráfico, y cruza un camellón que va a una lateral. El carro rebota con el subir y bajar de las llantas venciendo la banqueta. Yo me agarro del tablero. A los segundos unas luces nos apuntan a la cara. Tres policías a pie le exigen al chofer que se orille en una calle sin alumbrado. Los uniformados bloquean el camino con rifles colgándoles de los hombros, sus ojos rojos y brillantes contrastan con su piel negra, y por las boinas que portan podrían ser militares. Your driver license, le dicen al chofer cuando baja la ventanilla. Éste toma un papel fotocopiado de la guantera y se lo entrega al oficial más cercano. Atrás del indagador hay un segundo oficial con un rifle en las manos, y un tercero parado al frente, iluminado por las luces del carro.  El líder asoma la cabeza con cuerno de chivo en mano y me pregunta, ¿How are you sir?, I’m good, le respondo con la sonrisa más amable que pude producir. Con la mano le hace una señal al oficial de enfrente, y le dice que se monte al auto. Lo que pasa a continuación sucede en aproximadamente cinco segundos, uno de esos momentos en los que nuestras mentes sólo pueden capturar imágenes en pausa, como si todo ocurriera en una secuencia de flashes.

El oficial comienza a caminar en mi dirección,

el taxista hunde el acelerador,

las llantas revuelcan la tierra suelta,

y el auto patina por fracciones de segundo.

El policía intenta meter la mano por la ventanilla para agarrar al conductor,

pero el taxi avanza coleándose por la repentina aceleración.

El oficial que cruza hacia mi lado se encuentra justo en frente del auto,

me mira a los ojos con miedo.

Se escucha un golpe seco en el toldo del taxi,

la conmoción de voces me confunde y comienzo a voltear en todas las direcciones.

El chofer alcanza a esquivar al oficial de enfrente,

le roza solo la pierna y lo hace caer.

Se escuchan gritos desvaneciendo.

El taxista escapa conmigo a bordo,

los dos confundidos,

con la adrenalina amotinada a apenas quince minutos de haber llegado a Lagos.

El chofer empieza a manejar a toda velocidad entre el tráfico denso, cortando esquinas, usando el claxon, pasándose rojos. Me dice que me agache, por si nos siguen. It’s OK, go down, down, It’s OK… They are thieves, I will kill them thieves… En la confusión no sé si hacer preguntas, salirme del carro, o quedarme callado y esperar lo mejor. Primero fue confusión, después miedo, ahora solo quiero saber qué sigue.

Me decido hacerlo sentir que estoy de su lado, se me ocurre mostrarle que estoy calmado para que se calme también él. Le pregunto si no habrá problemas porque les dejó su licencia de conducir. Con una voz ronca me dice que no sucederá nada, que piensa que los oficiales son cuatreros que quieren robarnos, tal vez hacerse de mi equipaje, y sabrá que más. Se le ve preocupado, frunce el ceño, claramente intentando aminorar mi reacción, pero en el intento resulta exaltarse más. Después de dar varias vueltas a toda velocidad y diciendo cosas inaudibles, se para en una calle obscura, saca la mitad de su cuerpo por la ventana, y se cerciora que su carro está bien. No hubo robo, ni multa, ni abolladuras, nomás el susto.

Mi visita a Lagos es como una cachetada imprevista, de esas que te sorprenden por su inadvertencia. Es un golpe de los que te hacen reflexionar en las razones por las que estas parado ahí, en ese momento, recibiendo lo inesperado. La ciudad llega a abrumar, pero cuando comienza a enfriarse el golpe, se disciernen las razones y consecuencias, y como las bofetadas, se comienza a disfrutar del ardor.

He vivido contratiempos en varios viajes, y casi siempre terminan como éste, solamente en susto. Pero en Lagos es donde por primera vez vacilo de mi condición de visitante, donde me siento tan extraño al contexto cultural, que de inicio dudo del valor de estar aquí, con el deseo de ser testigo de un lugar con complejidades que desconozco, de un país que visito por cuestiones de trabajo, pero termino observando en el privilegio del voyeur, viendo en silencio, tomando notas sin ser visto, haciendo preguntas que nadie quiere responder.

Le pregunté a docenas de personas donde debía quedarme antes del viaje, todas sin falta me dijeron que era recomendable buscar hospedaje en Victoria Island, Ikeja o Lekki, las zonas comerciales de la ciudad. En un acto de rebeldía y estupidez, investigo de los vecindarios menos turísticos, y encuentro Surilere, un área donde vivían los adinerados en los tiempos en los que Lagos todavía era la capital, y donde ahora reside gente de todos lados del continente, haciendo del vecindario un lugar de constante cambio e imprevisibilidad.

This is Surilere, me dice el taxista. We just have to find the street. Como cualquier otro lugar del mundo donde las calles tienen varios nombres, o la gente se guía por puntos de referencia y no por GPS, nos paramos en cada esquina a preguntar dónde está la calle de mi hotel.  El taxista me pregunta más de veinte veces el nombre del lugar, me dice que nunca había escuchado de él, y que se le hace raro que me esté quedando en Surilere. Por la ventana veo por qué lo dice, las calles están repletas de gente caminando en todas direcciones. Hombres en kaftanes grises esquivando motocicletas, mujeres vendiendo pollo suya, cubetas que sostienen tablas de madera como mesas, pequeños fuegos de lámparas de keroseno iluminando apenas la invasiva oscuridad. Ni un solo hotel, restaurante, o café. En el camino, se ven pequeños grupos sentados en bancos de plástico de colores básicos, todos mirando pasar transeúntes, sudando por el calor tropical del lugar, reflejando en su piel la noche.

Cada persona a la que preguntamos nos da esperanza. Dale a la derecha. Da vuelta en u. Después de Olongo a la izquierda. Algunos no saben dónde es, pero nos hablan con confianza, y les creemos. Damos vuelta por enésima vez y pasamos por una calle donde proyectan una pelea de box en la pared de una casa. Decenas de niños y viejos ven la contienda parados en la obscuridad, entre gente que pasa caminando como en baile de salón, con la coordinación que solo las grandes ciudades tienen.

Después de casi dos horas de dar vueltas encontramos el lugar. Parece una casa particular en una zona residencial, sólo que dos agentes de seguridad flanquean un portón negro. Cuando me bajo del carro, uno de ellos se me acerca y me pregunta qué necesito. Le digo que me estoy hospedando en el hotel, y hace un gesto de confusión. Al entrar me doy cuenta de que es más una discoteca que un hotel. Jóvenes entran constantemente saludando al recepcionista, quien me dice que no tengo reservación, y hace un esfuerzo mínimo de encontrarla. De una puerta sale otro hombre y me da la bienvenida. Con cara de confundido hace un par de llamadas, habla Yoruba, busca algo en su segundo celular, y no sé si la razón de la llamada es mi estadía, o alguna otra cosa. El lobby rebota al beat de la música nigeriana del antro, y es difícil escuchar cuando me hacen preguntas. Por fin me dan una habitación, y al entrar es obvio que el hotel es para los que no quieren ir lejos después de la fiesta, para los que conocieron a alguien con quien quieren pasar la noche, o un par de horas. Las cortinas tienen manchas que parecen sangre, la cama vibra con el sonido de la música, y en el pasillo iluminado por lámparas fluorescentes se escuchan constantes trifulcas. Por fin logro conectarme al internet, encuentro otro hotel en Victoria Island, llamo a un taxi, y me voy con la excusa de que no puedo dormir con la música.

 

Room service, escucho afuera de mi habitación al día siguiente. Me despierto aturdido, queriendo recordar en donde estoy, y descifrando si lo que había pasado la noche anterior era un sueño. Tengo los ojos llenos de lagañas, la mente aturdida, y me toma unos segundos reaccionar. Not yet please!, respondo. Es casi mediodía, y mi fallido plan de levantarme temprano para aprovechar las cuarenta y ocho horas de mi estancia en Lagos es irreparable. Me visto con rapidez, me topo con la persona que tocó la puerta, y le pido disculpas por el retraso. Se ve cansado, pero me ofrece una amplia sonrisa, y me recomienda una playa en una bahía cercana. Me dice que para llegar tengo que tomar un bote y guardar el boleto para el regreso.

Al salir del hotel el calor me da la bienvenida. La humedad del Atlántico me unta de brea la piel. Por primera vez sonrío, las voces y autos me ayudan a reconocer el sonido de ciudad. Esta es una de las metrópolis más importantes de África, la antigua capital de país, donde ahora viven más de 18 millones de personas, en una de las urbes más estratificadas que jamás haya visto.

La mayor parte de la población vive en lo que llaman Mainland, pero la ciudad está compuesta de dieciséis municipalidades, y zonas aledañas, todas rodeada de agua. La sexta ciudad más grande del mundo se aglomera en el delta del Río Níger, donde uno de los caudales más importantes del Norte de África se abraza del Océano Atlántico.

Nigeria es una invención del occidente. Por siglos, la población de la zona vivía en comunidades tribales independientes, pequeños estados con sus propias reglas y costumbres. La región de Lagos fue particularmente importante para explotadores europeos en los últimos siglos, ya que permitía que los colonizadores transportaran bienes del interior hasta llegar al océano por medio del delta. Varios países ocuparon estas tierras, incluyendo los portugueses, que le llamaron Lagos por estar rodeada de agua, y hace apenas medio siglo, los ingleses, de quienes declararon su independencia, formando ahora este experimento llamado Nigeria. Un país con más de trescientos grupos étnicos, idiomas, tradiciones, y formas de gobierno. Hoy en día, los tres grupos más grandes son los Hausas, quienes controlan la mayor parte del gobierno e instituciones de influencia. Los Igbos, de la zona Este, quienes han luchado por ser independientes por décadas, pero están situados en la zona petrolera del país, haciendo casi imposible independizarse como Biafra. Por último, los Yorubas, la comunidad del sur de país, quienes cuentan con gran parte de la influencia cultural del país, y son la clase trabajadora de la ciudad de Lagos.

En el bote que nos lleva a la playa conozco a Rose, una mujer joven que viaja con un grupo de aproximadamente veinte jóvenes. Todos parecen salidos de un video musical, atractivos, sonriéndose, hablándose al oído con el vaivén del mar, señalando los edificios nuevos de la ciudad. Rose me cuenta de las tensiones entre grupos étnicos, las cuales me explica son un reto del presente, pero se reúsa a pensar que serán una realidad en el futuro. Me cuenta que la generación de sus padres todavía tiene prejuicios, y que las costumbres, muchas de ellas religiosas, los separan, pero dado a que los jóvenes participan en estas prácticas cada vez menos, ella ve a su generación como creadores de nuevas relaciones, más inclusivas y tolerantes. Do you want some vodka?, me pregunta con la botella en la mano. Me saco los lentes de sol, y como la vi hacerlo antes, le doy un trago directo de la botella. Look guys, the Mexican likes vodka, les dice a sus amigos, algunos voltean con una sonrisa confundida, y regresan a sus conversaciones sin inmutarse.

Al llegar a la playa los sigo como si me hubieran invitado. En la palapa, el encargado me sienta opuesto a ellos, y no volvemos a intercambiar palabra. Con los pies en la arena, relajado, solo, con un coco y una cerveza a mi costado, me paso la tarde viendo pasar gente. Una carrera en la playa, ancianos vendiendo recuerdos, y niños de shorts fosforescentes aprendiendo a surfear.

Comienzo a escribir estas líneas repasando las circunstancias que me trajeron aquí, a sentarme en una playa del otro lado del mundo, amainando al miedo, disfrutando lo exquisito de la humanidad. Siento que se va enfriando la cachetada, y es ahora que comienzo a disfrutar del ardor.

 

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