La mitad de una vida

Con abrazos que huelen al sudor de ayer, con el aliento todavía alcoholizado, y el estomago repleto de menudo, me subo a un autobús al norte. Parto de Querétaro, México, me dirijo a Phoenix, lugar que pienso es una residencia temporal, una escala más del nomadismo del que he sido parte con mi familia. Había vivido en cinco ciudades, ninguna escogida por mí, mudándome al capricho de los retos y circunstancias, decisiones de los adultos a mi alrededor.

Al subir al camión llevo una sonrisa en los labios, mi cumpleaños llega en un par de días, y he celebrado con amigos y gente querida. Solo me queda el camino de más de treinta horas a la frontera con los Estados Unidos.

En el camino me imagino lo que será regresar a México después de estudiar y trabajar unos años en el gabacho. Me propongo estar en constante comunicación con los que dejo atrás, y nunca me cruza por la mente el impacto que tendrá la distancia y el desplazo en mi identidad, y en las relaciones con los que quiero.

La carretera parece cómplice de los cambios de paisaje. Pasamos cerros amarillos, adornados con nopaleras y árboles de pirul. De repente comienzan a verse platanares, palmas, y tabachines, todos haciendo del verde sombra. La tierra se colorea de rojo, naranja, negro y marrón, y el autobús parece una pecera repleta de sueños y esperanzas, de aquellos que vamos al norte, con los nervios de lo imprevisible.

Me subo a un carro cuando llego a Nogales, el cual me cruza por la línea fronteriza que divide al pasado y al presente. Siento lo sofocado del aire, como bocanadas salidas de un horno. El pavimento picándome en las suelas de plástico, el ambiente secándome los ojos y la piel. El oficial de la línea ve el documento que las circunstancias me regalaron, la residencia que mi padre había solicitado veinte años antes. Le parece suficiente, y cruzamos al otro lado. Entonces no sabía que ése acto tan banal, un documento del que no tenía responsabilidad alguna, producto del privilegio y la suerte, fuera tan trascendental para otros.

En el camino escuchamos No hay novedad, La calandria, Eslabón por eslabón, Aguanta corazón, y otras canciones de voces que cargan dolor de antaño. Sollozos chillones y afinados que cuentan del dolor de la distancia, del placer de la cercanía.

Cruzamos un desierto negro, sin luna, dejamos un estambre de luz por la carretera, una estela de harmonías que deshojan los últimos momentos de mi niñez.

Al llegar a la ciudad de Phoenix, la carretera que nos trajo se arracimó como las venas de los brazos. Subimos a un puente y alcanzo a ver casas, departamentos, espectaculares en inglés. Por primera vez desde que salí de México siento que mi destino final está cerca. La disminución de la velocidad del carro significa el final de un viaje. El camino se termina es una calle taciturna que huele a naranjos y suavizante de telas.

A veces miro hacia atrás, recuerdo las caminatas de noche por adoquines rosados, las luces amarillas alumbrando chapopote recién puesto. Las garnachas en la calle, hechas por manos gruesas embarradas de masa. Extraño el polvo en los zapatos, el amargo del pulque, el olor a pan en la mañana. Añoro a familiares y amigos, los observo de lejos, buscando oportunidades para que valga la pena el tiempo vivido. Creando familias, relaciones nuevas, pasiones recién descubiertas.

Hoy cumplí treinta y seis años, ya pasaron dieciocho de mi llegada al desierto de Arizona. Sigo imaginándome lo que hubiera sido la vida sin el desplazo, lo que hubieran sido mis convicciones y pasiones sin el privilegio de estar en este país. Siento dolor, y algo parecido a la culpa, generada por el dilema de no saber lo que pudo ser la vida si no me hubiera ido. Por el otro lado siento un inmenso agradecimiento por lo que he vivido en donde estoy ahora, por tener a los que quiero cerca, y ser útil cuando puedo.

No sé donde voy a estar en dieciocho años, ni en dieciocho meses, pero todos esos caminos, todos esos paisajes, y todas esas memorias, me hacen quien soy ahora. Aunque me falte mucho por caminar, ojalá la mitad de la vida.

 

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