La línea

La frontera siempre ha sido un lugar lleno de nostalgias. Recuerdo cruzar con mi familia a comprar comida o regalos de navidad, los que viven del otro lado, que mastican otro idioma y que viven en casas que huelen a suavizante de telas.

Las fronteras no son usualmente representadas en la identidad mexicana y su rica cultura. La del norte de México vive en una constante búsqueda de sueños y deseos. En la linea se quedan personas que buscaban una mejor vida, habitan seres que viven de la ambición y los vicios de otros, sobreviven muchos de las migajas que produce el poder y la mala suerte.

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En este viaje voy a ver a mi padre, un hombre que también se quedó pegado en la telaraña de la frontera, en la que el depredador devora, pero también termina siendo devorado.

Mi viejo es un hombre que ha tenido todo y ahora no tiene nada. Su rostro todavía lleva esperanza, sus ojos desconsuelo, y cada una de sus canas una experiencia, una sonrisa e incertidumbre.

Viajo al puerto fronterizo de Nogales, una ciudad que como muchas otras en la frontera de Estados Unidos, existe por la separación de dos estados. En esta urbe de más de trescientas mil personas, viven familias que intentan llevar una vida como la de cualquier otra, buscando empleos, compartiendo tardes, disfrutando ricos tacos de carne asada en la calle, y siempre recordando de donde vinieron, o lo que su Nogales fue antes del éxodo mexicano a los Estados Unidos en los noventas, el que cambió sus calles, su comercio y sus costumbres.

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En Nogales también viven inmigrantes que por enésima vez han intentado cruzar a buscar el “sueño americano”. Éste es el puerto por donde se deportan gran parte de los mexicanos que son interceptados por autoridades federales estadounidenses, personas que sin dinero en la bolsa, llegan a una tierra que hace mucho los expulsó con su pobreza y esperanza, y que ahora les da la bienvenida entre luces neón, tugurios de mujeres en minifalda, obscuras sombras en los ojos, y los polleros, los que oportunistas prometen el cruce una vez más. Muchos de ellos mintiendo y extorsionando, otros aprovechándose de la desesperación del compatriota, y vendiéndolos al mejor postor, al que los pueda brincar y los camine por el desierto, por donde todavía no hay cerco y sus huellas son pioneras en la arena que pisan.

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Al llegar a la frontera veo las casas de colores que salpican los cerros de Nogales, México, la barda que divide la prosperidad de la esperanza, las dos banderas que se ven desde lo alto, las que acaricia el mismo viento, el que no necesita pasaporte para cruzar.

Le doy vuelta a las rejas que dan la bienvenida al país que me dio vida, al que dejé físicamente, pero no puedo ni quiero dejar en la memoria, el país que veo cuando cierro los ojos y vuelvo a vivir su luz, su gente y su cultura.

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Al pisar México siempre recuerdo que estoy solo en la orilla, en los limites de una tierra que es diversa, en un lugar que como un embudo atrapó lo mejor y lo peor de la calidad humana, la que no tiene nacionalidad, solo aspiraciones.

Una versión de mi persona me da la bienvenida a lo lejos. Viste lo mismo que la imagen que llevo en mi recuerdo desde hace muchos años, los pantalones de mezclilla deslavados, la camisa a rallas que deja ver su moreno pecho quemado por el sol, el hoyito que lleva en la mejilla cuando sonríe, sus lentes dorados y su cabello escarchado en plata por el tiempo. Siempre abre sus brazos y se muerde la lengua, como si la emoción se le fuera a escapar por la boca y tiene que contenerla para entregarla en un abrazo.

Como de costumbre caminamos y platicamos, del cómo estamos, de la situación del país, de la experiencia del migrante mexicano, de la mujer tarahumara que nos pide una moneda con su niño en brazos, de la violencia, de los que han muerto, de los que siguen vivos, y del girar del destino, del que nos lleva en un chasquido de dedos a apreciar, lamentar y querer.

Las horas siempre pasan rápido cuando platico con mi padre. Lo escucho como el me escuchaba cuando yo era un adolescente y media mis palabras. Me entristece, me recuerda a mi y yo le recuerdo a él.

Nos abrazamos en la linea otra vez. Me regreso al mundo del privilegio y dejo atrás al hombre que ahora estaciona carros en un lote de tierra para vivir. Le prometo volverlo a visitar, para repetir este encuentro como lo hemos hecho antes, esporádico, acompañado de comida que no tiene la oportunidad de probar cuando no estoy yo, de recuerdos de nombres y rostros de amigos que fueron cuando pudo tener, y de los vacíos que dejan ahora que puede y no tiene.

Sigo mi viaje de nómada temporal, el rosado cielo gime con el morado que lo ensombrece. Viajo sin hogar, viviendo de lo que veo, de lo que siento y lo que recuerdo. En la maleta llevo poco, como mi padre. Algún día lo perderé a él también y tendré el vacío que siente él ahora, viviendo de seleccionar memorias, y añorando lo que no pudimos compartir.

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