El tiempo de aquella bomba

Las sirenas se escuchan como si fueran lobos hambrientos, como buscando una presa, alguien a quien señalar. Las imágenes muestran papeles tirados, manchados de sangre, como el concreto en el que momentos antes había cuerpos postrados, gente que estaba ahí para apoyar familiares y amigos en el maratón de Boston.

Llego a la ciudad al mediodía. Al bajarme del tren que me transporta desde New Heaven veo un mar de transeúntes. Pienso que tal vez es una manifestación o un festival. Momentos después veo que es en un evento deportivo, el Maratón Anual de Boston, en el que participan personas de todo el mundo.

Arrastrando mi maleta y con una mochila al hombro intento caminar por la muchedumbre. Veo rostros de distintas razas, gente de muchos colores, ojos de miles de formas y sonrisas que disfrutan del hermoso sol. En Boston se celebra el día de los Patriotas, es por ello que los niños no fueron a la escuela y muchos trabajadores descansaron por ser feriado.

Mi destino esta del otro lado de las vallas. Para cruzar tengo que dar la vuelta a la festividad y encontrar una manera de llegar al otro lado de la calle para así seguir mi camino. Con cada paso empiezo a disfrutar más de la alegría colectiva del momento, de las familias que animan a los participantes con campanas, primero a los de silla de ruedas, después poco a poco a los que corren con las piernas.

Niños de todas las edades sonríen con sus padres, algunos de ellos en carriolas, otros sentados en los hombros de algún adulto, pero todos con la intención de disfrutar lo soleado del día, tal vez un helado y las distintas nacionalidades a pie, corriendo por un escalafón en el mundo maratonista.

Todas las ciudades tienen un zumbido especial, como si hubiera un motor en sus entrañas, siempre prendido, dándole vida a los edificios. En esta ocasión el zumbido de Boston ensordece con las voces, las carcajadas, los gritos y las porras.

Los edificios del centro de Boston dan sombra a los asistentes, a los más cercanos a la meta final. A mi derecha pasa un hombre de sombrero de vaquero, con una caja repleta de banderas estadunidenses que le da a los que le caen bien. Les sonríe, les da la bandera de rayas y estrellas y sigue su camino. Horas después vi a ese hombre en una fotografía con cara de desesperación y determinación, deteniéndole pedazos de la pierna a un joven cubierto de sangre.

Las calles de la ciudad de Boston son adornadas por arboles de flores rosa pastel. El tenue color contrasta al rojo de los ladrillos y las barandas negras. El caminar por sus calles antiguas, bellas, y el observar a la gente animando a completos desconocidos es una experiencia única.

Me encuentro un puente en el que los corredores pasan por abajo y me permite pasar al otro lado. Ya había caminado casi cuarenta y cinco minutos, deteniéndome a tomar fotos y mirar a los corredores.

Me alejé un poco de las vallas, se me ocurre que tal vez así pueda encontrar un lugar para comer antes de llegar al hotel donde me hospedaré. Pero la carrera me bloquea de nuevo, así que se que empiezo a caminar por el lado de la calle que ya recorrí, ahora de regreso. A lo lejos se ven banderas de muchos países, de los participantes. Pienso que ese será mi objetivo, para tomarles unas fotos.

En mi mente pasan varias cosas, una de ellas es lo extraño que me siento en pantalón de vestir, suéter y zapatos, arrastrando una maleta en medio de un maratón, entre gente vestida con licras y camisetas ligeras. Me pasa un pensamiento de si no parecer sospechoso con mi carga al lado.

Al llegar a las banderas me doy cuenta de que la biblioteca JFK está en frente. Será muy difícil cruzar, pero pienso que tal vez puedo comer ahí, buscar un lugar callado y escribir desde adentro. Recibo una llamada de teléfono de una compañera de trabajo. Me estaba ayudando a encontrar un hotel donde hospedarme en el área cerca de mi oficina, y me llama para darme los detalles. Los apunto mientras cargo cosas con mis brazos, al colgar empiezo a caminar en dirección a mi hospedaje.

Son aproximadamente una y treinta cuando recibo la llamada, decido ir a dejar las cosas a mi hotel, y regresar más tarde a unirme a las festividades.

Más tarde en mi habitación empiezo a escuchar las sirenas, no aquellas que se escuchan de vez en cuando, una cantidad que nunca había escuchado antes. Se dirigen a algo, prendo la televisión en ese momento y me doy cuenta que había habido dos explosiones en el área en que recibí la llamada momentos antes. Veo las banderas que me atrajeron al lugar, los colores de los edificios a su alrededor, y la explosión. La gente alejándose del humo, los policías corriendo hacia ella.

Por unos minutos mi racionamiento quiso enfocarse en lo que había pasado. Casi una hora después siento como me posee la confusión y el miedo. Los medios de comunicación presentan más objetos explosivos que han sido encontrados, y una tercera explosión en la biblioteca JFK.

Hasta el momento han muerto dos personas y son decenas los heridos. La seguridad se ha incrementado en todo el país y los noticieros especulan como siempre.

No se saben las razones, los motivos o las circunstancias totales de la explosión. Yo solo sé que las sonrisas, las porras, las carcajadas, se han ido, y la sangre sigue ahí, pegada al pavimento.

Escribo en el onceavo piso de un hotel, con las luces apagadas, y el televisor mostrando las mismas imágenes una y otra vez.

 

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