Las sombras de Shanghai

Parecemos palomillas cerquita del foco, rondando la luz, esperando a que nos haga efecto. Nos recargamos en el marco de la ventana de un hostal viejo de Shanghai. En la mano llevamos cervezas japonesas tibias mientras escuchamos a Johnny Cash, cantándole a la desesperanza, con esa voz que arrastra las sílabas y carga la confianza de sólo da la madurez.

Miguel, un amigo mexicano de la infancia, regenera memorias que tenía en el olvido, de momentos en los que le pegamos con el pecho a la muerte, ocasiones en las que desesperamos a la paciencia. Reconstruimos el día que lo sacó casi ahogado un hippie desnudo del mar oaxaqueño. De la vez que un arbusto previno que callera a un abismo.

Un pedacito de papel se pasea por nuestras lenguas, entre las encías añejadas de saliva espesa y cigarrillo. En los compases de la música hay silencios en los que revisamos nuestra sobriedad.

En las paredes de los edificios de a lado se miran luces multicolor, proyecciones que asustan a la noche de Shanghai, a la escasa obscuridad, un lugar donde las sombras parecen esconderse como gatos entre los edificios.

Saco el celular e investigo de algún lugar donde podamos seguir la platica, algún bar con música de fondo y ambiente de cantina. Encuentro un par, apuntamos sus nombres en chino para dirigir al taxista y evitarnos el bochorno de no saber como explicarle a donde vamos. Nos abrigamos y salimos a la noche fría de la perla del Este.

Llegamos a Mokos, un bar en un callejón residencial de alumbrado amarillo. Al entrar vemos que al lugar le caben unas veinte personas. Las mesas están todas ocupadas, y detrás del bar, dos mujeres de sonrisa como ventana abierta, nos dan la bienvenida en inglés.

El establecimiento no tiene menú y solo sirven shochu, un destilado japonés hecho de cebada, arroz o camote. Las cantineras lo sirven con jugos de frutas a los turistas, y un par de japoneses lo toman en las rocas y otros en té.

En la base del cráneo siento que me toca Dios. Las pupilas se me abren, muestro los dientes y sus espacios, y los ojos comienzan a mirar el mundo con más detalle. Miguel sonríe también, se le manchan las mejillas de rojo y sus ojos verdes se inundan en carmesí.

De repente, estamos interesados en todo. Platicamos con un comerciante chino que vende productos deportivos. Nos cuenta como manda productos de futbol a Sudamérica y partes de Australia. Nos recomiendo pueblos a los que debemos ir para comprar ropa o electrónicos. El comerciante de pelo lacio y anteojos chicos nos cuenta más de la bebida que nos enfría la mano. Nos tomamos tres shochus y nos tambaleamos a la puerta.

Ya afuera el frío arrecia. A la espera de un taxi, tomamos fotografías caminando en las calles chinas, pequeñas, taciturnas, parecen locaciones de película de acción.

Estiramos la mano para detener a un taxi. Subimos con rostros de felicidad efímera y el papel de direcciones escritas en Chino. Miguel, ya mejor dueño del idioma, le explica al taxista en mandarín que vamos al otro lado de la ciudad.

En el camino vamos en silencio, viendo una de las ciudades más pobladas del mundo casi vacía. Las calles parecen abandonadas, y los edificios oficiales son los únicos iluminados, adornados de banderas rojas y guardias vestidos de verde.

Llegamos a la dirección que le mostramos al chofer. Al bajarnos nos damos cuenta que estamos en una zona de embajadas internacionales. A la derecha tenemos a Rusia y a unas cuadras nos encontramos con Irán. Estamos en la zona que Bush llamaría el Eje del Mal.

La dirección es la equivocada, y decidimos comprarnos unas cervezas para el camino. Viajamos a pie por casi una hora, o por lo menos eso parece. En el camino le cuento a Miguel a lo que me dedico, lo tanto que anhelo México, a los amigos,  y como siento que no es recíproco. Nos tomamos dos cervezas y siento el pecho apuntar hacia el cielo gris.

Entramos por una calle que pareciera sacada de Brooklyn. Cada uno de los establecimientos está cerrado, excepto un pub irlandés. Recuerdo que a Miguel le gusta la cerveza Guinness y nos enfilamos hacia el bar. Al entrar nos topamos con un californiano, un australiano y un irlandés viendo videos en Youtube, cautivados por unos españoles tocando la guitarra en la pantalla de una laptop. Occidentales viendo flamenco en un canal prohibido por el gobierno comunista que los asila en Asia. Las ironías de la era de la informática. Pido dos Guinness y me pongo a leer el periódico mientras Miguel charla con los expatriados.

Después de un rato, se me olvida en donde estoy. Mi cerebro me juega una broma y me creo en alguna ciudad de los Estados Unidos con un viejo amigo de la adolescencia, lo cual nunca ha sido una realidad. Salí de México ya de adulto, dejé una vida que nunca se conectó con la vida que comencé como inmigrante. Volteo a ver a Miguel que conversa de Al Di Meola con los internacionale. Suelto una carcajada que traía guardada desde el 2000.

Después de tomarnos las cervezas y estrechar las manos de los camaradas occidentales, salimos a buscar el último bar de la noche. El humo de una parrilla nos atrae y caminamos en su dirección sin decir nada. Cada uno de nosotros toma una canasta de plástico y la llenamos de carne, verduras y pescado, todos en palitos de madera. Parada al lado, una mujer británica en zapatillas de rascacielo hace lo mismo mientras nos pregunta como estamos en inglés. La mujer discute en inglés con el hombre encargado de la parrilla. Él no entiende una palabra de lo que le dice, y ella lo sabe. Le dice que no tiene suficiente dinero para pagarle, pero que ya se comió lo que ahora le cobra. La discusión parece ser mas bien dirigida a nosotros, nos sonríe cada vez que dice algo despectivo del chino, y nos señala con el dedo. Veo a Miguel a los ojos y le digo en español que nos vayamos a sentar. La rubia me dice que no sabe que hacer, y le respondo que no es mi problema. Ella sonríe al escuchar mi acento. Miguel le dice en mandarín al encargado del puesto que no la conocemos, y que nos dé nuestra cuenta. El hombre nos sonríe sabiendo qué está sucediendo, y la rubia voltea a coquetearle a un nuevo comensal mientras se sirve más comida.

En el camino de regreso vamos viendo la neblina que se empieza a tejer en el ambiente. Las pupilas todavía caprichosas, ven lo que quieren ver, y exageran lo que pueden.  Los sonidos de la gran ciudad parece una orquesta tocando solo para nosotros, con los cláxones cómo instrumentos de viento, las alcantarillas flojas haciéndola de tambores creadores de ritmo, el bullicio de una gran urbe con sus cuerdas perpetuas llenando el éter.

Ya en unas horas estaré despidiéndome de Miguel y de Shanghai. Un país tan grande y complejo, que nueve días no fueron suficientes ni para tener una opinión del lugar. Sólo se que quiero regresar.

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