Japón: Contrabando y traición

En una de las pantallas del avión veo como transmiten el descenso. Vemos un cuerpo de agua gris, y de vez en cuando se aparece una embarcación que deja un velo blanco a su paso, como novia rica entrando a la iglesia.

Primero en japonés, una azafata de voz dulzona anuncia que estamos por llegar. A mi me fascina que estén televisando el aterrizaje. Imagino qué sucedería en tiempo de emergencias, ¿dejarían las pantallas mostrar el chispeo del acercamiento forzoso? ó  ¿podríamos ver el choque del avión junto antes de morir?

Los trenes de aterrizaje golpean fuertemente el asfalto, como si hubieran dejado caer el avión de una distancia no muy alta. Tenía rato sin estar en un aterrizaje tan estrepitoso, muy extraño para la famosa perfección de los japoneses.

Mientras se estaciona, las pantallas comienzan a transmitir la nariz del avión dándole sombra al concreto. La última imagen que veo es de la persona que dirige al piloto, la que le dice cuando detenerse. Cierra los brazos en forma de cruz, el avión se estaciona, y hace un gesto ceremonial con la cabeza, como dándole la bienvenida a los tripulantes.

Aterrizamos en Osaka, en donde tengo escala para conectar en Tokio, y después a Los Ángeles. Me avisan que tengo que tomar mis pertenencias de la banda de equipaje, y tengo que volver a registrarme antes de abordar. Me parece algo interesante poder ver el aeropuerto de Osaka.

Paso por migración sin ningún problema. Me estampan el visado Japonés, me repiten que es solo una visa de transito, y que no puedo quedarme en su país. Aunque Japón es una tierra que me interesa visitar, no tengo el tiempo al momento, así que prosigo a tomar mis valijas.

Al pasar me piden una forma aduanal, la cual nunca llené pensando que no tenía nada que declarar en Japón xubr2br. Me regresan con un bolígrafo, la forma, y la cara larga. Me pongo a llenar el papel color crema. Al terminar me doy cuenta que era el único que quedaba en la línea y me toca una joven nipona de uniforme azul en revisión.

Me pregunta en inglés de donde vengo y a donde me dirijo. Le digo que visité Shanghái, que viajo a Los Ángeles, de donde voy a tomar un vuelo a Washington DC. Me pregunta por que volé a Osaka para conectarme en Tokio. Le digo la verdad, que es más barato, aunque le di una explicación un poco más larga. Alza la voz en japonés, y le habla a su supervisor. Inmediatamente dos agentes me piden que los acompañe. Alcanzo a entender la palabra México de la agente, lo cual seguro leyó en mi pasaporte.

De la cordialidad japonesa, las veneraciones, lo pulcro de sus edificios, me pasan a un cuarto maloliente, parecido a un hospital de algún país con pocos de ellos. Detrás de una cortina blanca me piden que me siente detrás de una mesa de metal. Los agentes van al grano, me dicen que van a revisar mi equipaje, me piden el pasaporte, y empiezan las preguntas en un tono muy serio navigate here.

¿A que fuiste a Shanghái? A visitar a un amigo, respondo. Dice algo en japonés a su compañero, y  me pregunta la nacionalidad de mi conocido. Es Mexicano, les digo. Durante la conversación yo sonrío, se que tengo un pedacito de cartón dentro de un libro que me podría meter en problemas, pero no estoy transportando dinero, ni hago nada ilícito.

Lo conocí en la preparatoria, fuimos juntos a la escuela, yo también soy mexicano. Todo en frases cortas, para que entiendan el inglés a medias, el mío, y el de ellos. ¿Con quien vive tu amigo? Con su esposa. ¿Y que hace en Shanghái? Vive de hecho en Xuzhou, en donde esta aprendiendo chino.

Me piden que saque las cosas de un bolso en el que traigo regalos. Lo hago con gusto, después de todo, el libro por que el me sudan las manos esta en el morral. Me preguntan qué es esto o aquello, que si fumo, que si tomo. Me muestran fotografías de armas, drogas, animales, plantas. En un momento empiezan a revisar los dulces que traigo de regalo, me preguntan para quien son, y me doy cuenta que evalúan si miento, si me pongo nervioso.

Se me había olvidado una pipa que usaban para fumar opio y compré en una tienda de antigüedades. Al verla el oficial más joven abre sus pequeños ojos, se la muestra al compañero, y yo sonrío apenas. ¿Está bonita no? Si quieres huélela para que veas que no la he usado. Abro el depositario y se la doy para que la olfatee. Solamente movió la cabeza en aprobación.

¿A que fuiste a Canadá en Noviembre? Indaga el otro desde su escritorio.  A trabajar. En ese momento saco de mi cartera una tarjeta de negocios, les digo a qué me dedico, y entre palabras en japonés lo repitieron con una sonrisa en los labios.

El otro se acerca, me pide que saque las cosas de la otra mochila y empieza a revisarlas. Entre la ropa, los zapatos y unos lentes, venían un par de libros, los que no quiero que hojeen. Saco todo con gusto, lo pongo en la mesa de metal frío, me doy cuenta que me tiembla el dedo meñique y me siento a ver la luz blanca bañar sus uniformes azul marino.

Hojean dos de los cuatro libros que tengo, mientras el otro me pregunta por que traigo tantas cosas. El más viejo de los dos revira indagando por que estoy tan panzón. Con una carcajada le digo que por que como muchas hamburguesas, pero no se si pensaron que traía algo en el estomago. Me exigen que me levante la camiseta con una sonrisa, y después me piden permiso para revisarme el cuerpo.

Me doy cuenta que se les acabaron las ideas cuando pierden el interés en mis pertenencias. Uno de ellos me ayuda a meter las cosas en los bolsos, mientras el otro me pregunta por qué vivo en Estados Unidos si soy Mexicano. Le digo que somos más de veinticuatro millones en la misma situación, emigrados, pero no me entiende.

La próxima vez que vueles por Asia, dale la vuelta a Japón, me dice el joven. No, la próxima vez que visite Asia voy a venir a Japón, le digo mientras subo las cosas a un diablito.

El más joven me pide disculpas mientras me acompaña a la puerta de salida. No te preocupes, soy mexicano, estoy acostumbrado a ser sospechoso. La frase es demasiado para su entendimiento del inglés, y me hace la reverencia japonesa.

Salgo de la aduana con una sonrisa amplia, pensando en lo que acabo de vivir, y mientras camino a la zona de embarque, me acuerdo de uno de mis corridos favoritos:

“Un venado lampareado,

Es muy difícil cazar,

Aunque le pongan la trampa,

Tiene experiencia al brincar,

Se quedaron con las ganas,

Se les peló Baltazar”.

Aterrizo pellizcando al sol de ayer, lo que le queda….

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